Siempre es invierno en el Sáhara

Me llamo Ahmed, tengo 12 años y nunca he conocido el invierno. Por lo menos no el que sale en la televisión, cuando los campos se llenan de un manto blanco que llaman nieve, o cuando llueve tanto que parece que el cielo va a explotar. Marta y Luis, mi familia de acogida en España, dicen que al tocar la nieve se siente algo especial, y que a la gente le encanta hacer bolas con ella y lanzárselas unos a otros.

Yo no la he visto ni la he sentido, porque siempre voy en verano. Cuentan también que hace frío, mucho frío, y que para salir a la calle hay que ponerse abrigos y bufandas. No puedo imaginármelo, bueno, un poco sí, porque el verano pasado hizo mal tiempo y tuvieron que dejarme un jersey de Carlos, que tiene dos años más que yo. Me quedaba grande y las mangas me colgaban, pero no me importó, era agradable sentir la lana en la piel. Marta dice que una vez tirité de frío, aunque era verano, y que eso es porque no estoy acostumbrado, porque donde yo vivo no existe el invierno, ese invierno de nieve y frío.

Porque yo vivo en los campamentos del Sáhara, cerca de Tindouf, en el desierto de Argelia. Mi madre suele decir que la hamada es el fin del mundo, el lugar más inhóspito de la Tierra, donde el sol no conoce la misericordia y donde la arena destroza los ojos, la piel y el corazón. A mí me sorprende oírle porque la hamada ha sido siempre mi hogar.
Aquí nací y aquí he crecido. Es verdad que no hay grifos y tampoco piscinas o playas. Una vez me llevaron al mar y me costó creer que hubiera lugares donde el agua ocupa espacios tan inmensos como el desierto. No, aquí no hay mar, pero me gusta subirme a las dunas y jugar al fútbol con mis amigos...
Mi hermana Fatma se fue a Argel hace un año, mi madre dice que para estudiar Medicina en la universidad, y se pone muy orgullosa, pero luego se queja de que cuando vuelva quizá no pueda trabajar porque no tenemos hospitales ni dispensarios ni medicinas suficientes. Casi todas llegan en camiones desde España y otros países, con grandes letreros de ONG y “gobiernos amigos”, pero se agotan pronto.
Hasta los camiones se acaban estropeando porque la arena, dice mi madre, lo corroe todo, “como arruga el corazón”. Y entonces se pone triste y su pena se me atraviesa en el pecho, como una ola que barre mis pensamientos y destruye mi alegría, porque resuenan en mis oídos esos versos en hassania que ella recita de vez en cuando, con la mirada perdida en un lugar lejano, el mismo que puebla sus sueños y sus pesadillas, su país:

“Sueño
Ven
Sed
Madre
Nosotros
Mujer en el exilio
Tesoro perdido
En las grietas
Me iré
Cuna de mi infancia”.
(Saleh Abdalahi Hamudi)


Luego llora y le ruega a Alá que le dé fuerzas para soportarlo y se pregunta por qué hace más de 30 años que malvivimos en este desierto de piedras, donde los huertos mueren antes de dar fruto. Y por qué el mundo lo consiente, por qué todos miran hacia otro lado cuando Marruecos impide que regresemos a casa, como cerraron los ojos cuando nos lanzó bombas con sus aviones y tuvimos que huir dejando atrás todo cuanto poseíamos.
Yo no recuerdo aquello, todavía no había nacido, pero mi madre lo revive como si fuera ayer, cuando era una niña asustada que no entendía nada y que vio morir a dos de sus hermanos por el camino, mientras su padre la llevaba en volandas por infernales caminos llenos de rocas y agrios arbustos que le hacían sangrar los pies.
Mi padre, cuando está en la jaima, la escucha con la mirada oscurecida y los puños apretados de rabia. Y a veces le dice, en voz baja, que ya nunca volveremos, que hasta nuestros políticos han perdido la esperanza, que vamos a morir poco a poco en este erial sin alma, donde en realidad siempre es invierno, porque la nada del desierto enfría el corazón y hiela la sangre, nublando los recuerdos hasta hacerlos desaparecer, socavando la alegría de vivir y las ganas de luchar, destruyendo la pasión y la fe en el futuro.

Es invierno siempre, sí, y por eso la lluvia llegó un día tras muchos años y no paró de caer. Al principio nos reíamos dejando que el agua que bramaba del cielo bañara nuestro cara. Pero luego la arena se hundió y con ella nuestras jaimas y nuestros cuartos de adobe y la nada fue más nada que nunca. Para mí ya sólo es un mal recuerdo, pero mi padre no lo ha olvidado.

Después de aquel desastre se dedicó a buscar trabajo en los talleres y comercios de las cuatro wilayas hasta que consiguió ladrillos suficientes y se puso a levantar un nuevo hogar más firme y seguro. Algunos vecinos, resignados, hicieron lo mismo. Y mi madre lloraba, como si cada paletada que daba mi padre y cada muro que levantaba certificaran definitivamente el fin de un sueño, el de volver a casa.

A pesar de todo yo aún me resisto a creerlo. Aunque mi padre diga que no sirve de nada mandar a los jóvenes a la universidad si después no van a tener un país por el que trabajar. O que la solidaridad occidental es “un arma de doble filo”, que nos ayuda pero a la vez nos mantiene exiliados de por vida. Que no veremos nunca el amanecer en nuestro mar por mucho que lo soñemos. Que nos pudriremos entre las dunas y los escorpiones, entre las acacias esqueléticas y las inseparables cucarachas. Que seguiremos aquí por siempre, en este invierno oscuro, helado y desesperanzador suspendido en el tiempo.

Pese a todo, cuando cada día cojo la bicicleta que me regalaron en España y emprendo el camino hacia la escuela de El Aaiún, me vienen a la cabeza unas palabras de Marta y Luis. Ellos dicen que después del invierno siempre llega la primavera y el verano y que tras la oscuridad viene la luz.
Y yo quiero creer que será así, necesito creerlo, para seguir pedaleando con fuerza y estudiando con ganas, por si algún día regresamos y mi país me necesita, a mí y a los otros 150.000 refugiados saharauis. Además, no puedo permitirme perder la esperanza; sólo ella me llevará hacia la luz.
Inch Allah (si Dios quiere).


Relato en recuerdo a los refugiados saharauis