Las PERSONAS primero

Corren malos tiempos para el humanismo. A la persistente crisis y al sangrante paro se unen masacres como la guerra que continúa en Libia -aunque ya no salga tanto en los medios-, la cruel represión en Siria, las barbaridades menos visibles de Costa de Marfil y otros lugares y el "tsunami" diario y permanente del hambre y la pobreza extrema que sufren millones de personas -y que, según Intermón, está aumentado-. Y en esta oscura y extraña época, EE UU mata a Bin Laden -un monstruo terrorista, de acuerdo- saltándose leyes y soberanías y, lo que es peor, miles de personas lo jalean sin el menor rubor. ¿Somos conscientes de que con ello cultivamos el odio...? El odio es uno de los mayores enemigos de la paz, la democracia y los derechos humanos y una de las causas principales -junto con el egoísmo y la avaricia, entre otros- de los grandes males que arrastra la Humanidad. El odio puede ser hasta cierto punto comprensible cuando nace fruto del dolor y de la injusticia, pero no se puede justificar nunca su puesta en práctica mediante la violencia, mucho menos de manos de quienes representan o dicen representar la Ley de la que nos hemos dotado para tratar de convivir juntos en paz. Que un Estado supuestamente de Derecho asesine -e incluyo aquí la pena de muerte, vigente aún en tantos países- es una contradicción absoluta, aunque estemos hablando de monstruos. Sí, son monstruos, pero, ¿no nos ponemos a su altura si actuamos como ellos...?


Mientras persistamos en la violencia, en cualquiera de sus formas, estaremos lejos de encontrar el camino hacia la paz global, que no tiene por qué ser una utopía si nos planteamos en serio llegar a ella. Se hace camino al andar, luego se hace la utopía caminando hacia ella. Lo mismo sucede con la superación de la pobreza y las desigualdades, muchas veces, además, causas directas de odios y violencias. Bastaría con que les dedicáramos un pequeño porcentaje de la gran atención -y de los recursos y de los esfuerzos- que ahora prestamos a cultivar odios y venganzas más o menos particulares o más o menos colectivas -¡lo que faltaba, ahora guerra hispano-alemana de pepinos...-, y a seguir potenciando la mediocridad y la "anestesia" pública general mediante bodrios barriobajeros y debates estériles, televisados o virtuales.

Invertir más y mejor en la lucha contra la pobreza sería invertir -que no gastar- en una buena vacuna contra la violencia y el odio, además de transmitir un mensaje de esperanza, tan necesario en estos tiempos de angustia global, y en abrir caminos para el

emprendizaje individual y colectivo hacia un mundo más justo y equilibrado. Nos lo vienen recordando cientos de ONG y plataformas contra la pobreza con la campaña Las personas primero, con la que reclaman tanto a los partidos políticos como a los agentes económicos y sociales y a la sociedad en general poner el acento "en las personas" y además "sin excusas" de ningún tipo, llamándonos a todos a no mirar hacia otro lado, a asumir nuestra corresponsabilidad y a poner nuestro granito de arena en acciones y políticas de solidaridad colectiva, interregional e internacional, que lleven a cambios reales en favor de una economía más humana e igualitaria y de una sociedad más democrática y pacífica, tanto en los países del Sur como en los del Norte.

Una solidaridad basada en el reconocimiento implícito y explícito de la inseparable e intocable dignidad de cada ser humano, que nos hace grandes a cada uno de nosotros -y es, de hecho, la base de los Derechos Humanos- pero que también nos obliga a respetar la igualmente inviolable dignidad del otro y de los otros. Sólo partiendo de esta premisa -cuyo reconocimiento es sin duda uno de los grandes y verdaderos avances de la Humanidad- podremos construir un mundo mejor e ir borrando de la faz de la Tierra pobrezas, odios, injusticias y violencias. Todo lo demás no serán sino parches sobre heridas profundas sin curar o cerradas en falso, por las que saldrán, tarde o temprano, otros osamas bin laden, otros monstruos, otras guerras y otros desastres.


En cualquier caso, cuando menos sorprende que una brutal crisis como la actual, sumada a otras tantas "lecciones" históricas, no haya sido capaz de abrirnos los ojos y de hacernos "menear el culo" A TODOS -y no sólo a los valientes del 15-M, que ya tienen mérito, aunque sólo sea por ayudarnos a recuperar la ilusión de que verdaderamente "otro mundo es posible"... - para exigir y poner en práctica medidas alternativas, creativas, ilusionantes, humanas y humanitarias que nos saquen del "agujero" de una vez por todas.
¿A qué estamos esperando...?

María Jesús Castillejo
Periodista y Máster en Educación para el Desarrollo, Sensibilización y Cultura de Paz