Elogio de la Roja (la otra)

Qué desastre. Esto de "currar" y llevar un blog actualizado no es nada fácil. La vida, es decir, las noticias, pasan demasiado rápido y no da tiempo a llegar a todo. Además, hay que ocuparse de las labores domésticas... En fin, lo que toca a diario. Así que a veces siento que voy un poco como a remolque.

Ya perdonarán, por tanto, que me ponga a hablar ahora de la Roja, de esa otra Roja que nada tiene que ver con el fútbol, aunque por supuesto, a la Roja, la Selección Española, hay que felicitarle por la Eurocopa -tercera ya-.

Me estoy refiriendo aquí a esa otra Roja que recientemente recibió el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional 2012. Un color rojo que veremos en estos ya tan cercanos Sanfermines, no sólo en los pañuelicos y en las fajas de los ciudadanos, oriundos y foráneos, sino también en el recorrido del encierro, en los chalecos de numerosas personas silenciosamente pendientes de cualquier incidencia... para dar atención médica inmediata.
 
La Cruz Roja y los encierros.


Estoy hablando, claro, de la Cruz Roja -o Media Luna Roja en países musulmanes-, institución humanitaria que, por razones laborales evidentes, he tenido la suerte de conocer de cerca. Y más teniendo en cuenta dos cosas: que cuando el Gobierno foral le concedió la Medalla de Oro de Navarra 2007 me tocó en su día elaborar un reportaje amplio y en profundidad. Y también asistir a la entrega de un premio que sus responsables, voluntarios, socios... recibieron con orgullo y alegría. 

Para colmo, un año después tuve el privilegio de ser invitada a un curso sobre la ayuda humanitaria, específico para periodistas, que se celebró en Ginebra (Suiza). Es decir, donde está ubicada la sede del Comité Internacional de la Cruz Roja y la Media Luna Roja (CICR) y de la Federación Internacional de Sociedades Nacionales (FICR). Y es que fue un suizo, Jean Henry Dunant, quien tuvo la “idea” de crear, en el año 1863, una institución que hoy engloba nada más y nada menos que a 97 millones de voluntarios y miembros en 188 países, más de 200.000 en España.


De estas vivencias guardo grato recuerdo -sin contar otras muchas, como entrevistas a cooperantes expatriados en otros países...- y cuando supe lo del citado premio Príncipe de Asturias, me alegré mucho. Aunque, las cosas como son, también pensé: pues ya era hora. Porque resulta que la Cruz Roja tiene más de 140 años de historia -de hecho pronto llegará a los 150- así que un pelín ya les ha costado acordarse de ella... El jurado valoró "su misión de prevenir y aliviar el sufrimiento humano, proteger la vida y la salud y hacer respetar la dignidad de las personas", “especialmente en tiempos de conflicto armado y en situaciones de crisis y necesidad”.

Tengo que reconocer también que me sentí un tanto "orgullosa" -ay, ese amor por la tierra patria, a veces un tanto exagerado, quizá- cuando supe cómo en los orígenes de esta institución humanitaria en nuestro país -la Cruz Roja Española- estuvieron involucrados dos navarros: Joaquín Agulló -conde de Ripalda- y el doctor Nicasio Landa, quienes formaron parte de la representación española que acudió a la conferencia internacional para la firma del Primer Convenio de Ginebra. 

Landa y Agulló, además, quisieron que fuera Navarra la primera en constituir una Asamblea de Voluntarios. El 5 de julio de 1864, un día antes de constituirse en Madrid, nacía en Pamplona el germen de la Cruz Roja Navarra.

Durante el curso de Ginebra, los "cursillistas" visitamos, entre otros lugares, el Museo de la Cruz Roja. A la entrada me llamó poderosamente la atención un grupo de esculturas grises, sin rostro, maniatadas a la espalda. Sobre ellas, las banderas de la Cruz Roja y la Media Luna Roja. Inmediatamente pregunté y me explicaron que eran "un símbolo de las víctimas de las violaciones de los derechos humanos".



Parte de las esculturas.


No hace falta que me ponga aquí a hablar de la amplia labor humanitaria, social y solidaria de la Cruz Roja en todo el mundo, suficientemente conocida. Lo único que puedo decir es que se trata de una institución que, además de mantener sus principios fundacionales, ha sido capaz, por un lado, de implicar a la población local, de manera que cada país participante tiene su propia Cruz Roja o Media Luna Roja formada por gente de allí, con voluntarios que son los primeros en acudir, por ejemplo, en caso de desastre, sin tener que esperar a que llegue ayuda humanitaria de fuera. 

En segundo lugar, que ha sido capaz de adaptarse a los tiempos y por tanto a las necesidades de los ciudadanos y de cada sociedad, sobre todo de los colectivos más vulnerables, como en el caso de nuestra tierra: personas mayores, discapacitadas, dependientes, inmigrantes, menores en situación desfavorecida... Sin abandonar, por ello, también una labor sanitaria complementaria como la que ejerce el personal que atenderá, junto con otros profesionales, las incidencias en el Chupinazo y en el resto de las fiestas, y por supuesto, en los encierros. Una gran labor de profesionales y de voluntarios respaldados por los miles de socios que siguen creyendo que, poniendo granitos de arena, otro mundo, mejor y más solidario, es posible.