A un amigo que se ha ido


Me cuesta creerlo.
Aún no me lo creo.
No puede ser,
que te hayas ido,
¡si hace pocos días
te vi...!, de lejos,
raudo en tu silla de ruedas,
muletas incluidas,
como siempre, valiente,
luchador, “indignado”,
camino de alguna
iniciativa de protesta,
o de apoyo, o de lucha,
por un mundo mejor,
por los discapacitados,
por los dependientes...

No puede ser,
que ya no estés,
me cuesta tanto creerlo,
me cuesta tanto admitirlo,
que ya no te veré,
tantos años años desde aquel día,
en que me contaste tu vida,
aquel fatal accidente,
los daños cerebrales,
la lucha diaria desde entonces.

Y, sin embargo, tu sonrisa,
tus esfuerzos para avanzar,
para mejorar, para crecer,
para ser buen padre,
y tus charlas a chavales
sobre educación vial,
testimonio y ejemplo.

Y qué cierto es, que
“cuando un amigo se va,
algo se muere en el alma”,
es como un vacío frío,
que taladra el corazón.

Yo tan sólo te conocía,
pero dejaste tu huella,
la que me hacía sonreír al verte,
la que me duele ahora tanto
al tener que decirte adiós.

Camina, Jhos, allá donde estés,
ahora ya eres libre para siempre.