Dejando huella


Hay días, ya saben, que a una (o uno)
le da por lo que llaman la vena filosófica.
¿O quizá es una arteria romántica...?
Puede que sea más bien como una bombilla 
encendida de pronto entre este extraño, 
alocado, incomprensible, insensato, 
indesentrañable... entresijo de células, 
emociones, pensamientos... que somos.

Sólo sé que, últimamente, no sé por qué,
entre el ruidoso bullicio de este mundo global,
entre la algarabía diaria de titulares, sms, twets,
entre el pesimismo y el desastre que nos rodea,
me pregunto, pienso, si alguna vez... 
hemos mirado al silencio a la cara.

Claro, que hablo de un silencio especial.
Como ése que te desgarra el alma
-y aun sigue doliendo pese al tiempo pasado-,
porque alguien muy querido para ti murió.


O como aquel que te ronda el corazón, de cerca
cuando miras las arrugas en su cara y temes,
ya, el día en que tendrás que llorarle.

O como ese otro que te acecha cuando, ay,
qué susto, esta vez no, hoy todo ha ido bien,
no ha ocurrido, no se ha ido, no te ha dejado.

Y no digamos aquel silencio que te invade
hasta dejarte temblando como una hoja 
cuando, inevitablemente, es la vida...,
tenemos que separar nuestros caminos,
quizá simplemente porque ya ha llegado el momento,
y, sin embargo, no puedo evitar echarte de menos.

¿Y aquella vez que viste el silencio cara a cara,
en alguna parte, en algún instante,
en la más pura y angustiosa soledad?



Pero, he aquí, paradoja, o sólo ying y yang,
que ese mismo silencio profundo y especial
late en la sonrisa absolutamente inocente y mágica
de ese niño, tuyo, de otro, de allí, de acá, da igual...

Brilla, de la misma manera, en cada estrella
que un día miramos o miraremos en ese nuestro cielo
si somos capaces, eso sí, de levantar la mirada.

Un silencio precioso también
cuando miramos a quien amamos,
sin pedir ni querer ni esperar ni exigir.
Un silencio preciado cuando nos sentimos mirados,
de igual manera, por quienes nos aman de veras.

Luce de forma inesperada el silencio,
cuando caemos en la cuenta, tarde o temprano,
que más allá de todo, más allá de cualquier cosa,
en realidad sólo, únicamente, sencillamente,
toda una vida vale la pena... por una huella.


Sólo una.

Merece vivir si he sido capaz de dejar en ti
-en alguna de las personas con las que convivo, 
o me encuentro o me topo en mi vivir-
una huella sensible, amable, cariñosa, amorosa,
una caricia apenas perceptible pero verdadera,
da igual por qué o para qué, da igual dónde o cuándo,
no importa quién eres, o quién eras, ni quién serás.

Me pregunto si caemos en la cuenta.

Me pregunto si dejaremos de oír el barullo,
el de los objetos, los hechos, los deseos,
para escuchar a través del silencio tu latir,
el suyo, el nuestro, el de todos nosotros,
despojados de todo aquello que no importa,
para mirarte a los ojos, a ti, a él, a ella, a ellos...,
quienes quieran que sean, fueron o serán,
y encontrarte, encontrarle, encontrarles,
de verdad, de tú a tú, sin disfraces.

Hoy es un día filosófico, romántico, idiota.
Hoy por eso me pregunto por qué miramos
cómo van las elecciones en no se qué país,
o la crisis, o el equipo de fútbol, o la lotería,
o quien se ha operado esta vez las tetas.

Hoy me pregunto porque escuchamos,
-¿o sólo parece que escuchamos...?-,
el rugir de los automóviles, 
el tecleo de los ordenadores,
el pi-pi de los mensajes del 'guasap',
el parloteo de no sé quién en la tele...

O, lo que es peor, 
el engañoso canto de la codicia,
o la llamada desalmada 
de la odiosa envidia,
y, por supuesto, maldito,
el susurro envolvente del poder.

Qué lástima. 













Porque cuánta vida
y cuántas vidas perdidas,
si lo único por lo que,
en realidad, de verdad, 
merece la pena vivir,
es por haber dejado en ti 
una huella amable, 
delicada, sensible, cariñosa, 
amistosa, amorosa... en silencio.